Confinados por las estrellas


Las redes sociales tienen la memoria cotidiana que a veces se nos escapa, o será que la propia rutina nos aleja de ella. Hace unos días, una de estas redes me notificaba un recordatorio, era de una de mis fotos recién aterrizado en Orán (Argelia), rumbo a los campamentos de refugiados saharauis. Un día después, me hacía un segundo recordatorio, esta vez una foto con mi amigo y camarada Carles Xerri en pleno Sáhara ya. Ambas eran de abril del año 2018, cumpliéndose ahora dos años de aquella inolvidable experiencia. 

Qué vueltas da la vida. Dos años después estamos medio mundo confinados en nuestras casas, tratando de hacer una barrera de choque contra una pandemia mundial que se ha cobrado miles y miles de vidas. Nos acompaña la desesperación de haberse limitado nuestra libertad de movimiento. ¿Cómo será vivir confinado durante décadas en un desierto? Se me encoge el alma cada vez que lo pienso. 

Esther, Carles, Lourdes, Neus, ¿os acordáis? Allí tienen poco de todo y nos daban más todavía. Qué garra, qué fuerza para resistir, qué rígidos son los principios. Y aquí estamos ahora con un desquicio incontrolable en el cuerpo por llevar un mes dentro de nuestras confortables viviendas. ¿Y la creatividad de los balcones? Eso no es nada para los ingenios que debe buscarse uno entre infinitas dunas de arena y mantener la alegría que le desprenden a la vida. Cierto es que disfrutar de aquellos atardeceres con té, es jugar con ventaja. 

¿Será cierto que los momentos de crisis fuerzan a la raza humana a desarrollar su pensamiento y crecer personalmente? Me gustaría pensar que sí. Me gustaría creer que pensamos en todas esas personas que están forzadas a una vida de confinamiento por auténticas injusticias y no por una crisis sanitaria pasajera como en nuestro caso. Quiero pensar que estamos reflexionando individual y colectivamente como sociedad y vamos a contribuir a acabar con el confinamiento que sufren allí, en el desierto del Sáhara, fuera de su propio territorio junto al mar. Y que hagamos lo mismo sabiendo empatizar con quienes huyen de la guerra en Siria, quienes resisten en Palestina, quienes malviven en Lesbos o quienes soportan, en la pequeña (sólo en tamaño) isla caribeña de Cuba y durante más de 50 años, un bloqueo económico criminal que no les impide en una lección de humanidad, enviar su potencial sanitario para cuidarnos y acabar con esta pandemia, a esta Europa que le pone vallas a la vida e incluso rechaza ayudarnos económicamente en estos momentos. Quiero pensar que la vida es otra cosa y todavía estamos a tiempo. 

La última noche en el Sáhara dormimos en una jaima y nos abrigamos más de la cuenta, porque decidimos retirar las telas que hacían de puerta y dejar que ese cielo puro se nos cayese encima. Reafirmamos entonces que la libertad hay que defenderla sobre cualquier otra cosa y que todos los pueblos de la humanidad deben estar confinados únicamente por las estrellas. 

Manu Clemente Silla